Atención y escucha. Eso es lo que mejor saben darnos. Existe una red de profesiones intermedias formada por gente cuyo perfil es en mi opinión presidenciable. Hablo de los kiosqueros, taxistas, autobuseros, camareros, peluqueros, barrenderos, bedeles… empleadas de hogar. Profesionales que ahí están y que parece como que forman parte del paisaje social. Pero el día que faltan, lo notamos. Lo aguantan todo. Nuestro humor mañanero, nuestros desahogos, nuestros más o menos acertados puntos de vista, nuestras incomprensiones. Todo. Están al tanto de lo que pasa. Son generadores de opinión y la mayoría de sus observaciones son crítica constructiva. Tienen el talento de ocuparse, de hacerse cargo de las preocupaciones más inmediatas y necesarias del ciudadano medio. Entre otras cosas, porque ellos tienen esas mismas inquietudes, pero su oficio hace que antes de pregonarlas escuchan las de los demás.

Y una va a comprar el periódico y -pegue o no pegue- se encuentra una sonrisa, el cambio y un hasta mañana. Y basta. Gestión sencilla, limpia, eficaz. Realizada un día tras otro finalmente invita a intercambiar pareceres, situaciones, etc. Porque el trato amable lo hace todo. Entra al bar, pide un café y se lo dan con un “buenos días” de acompañamiento. Si se va a enfrentar a un mal día de trabajo, el primero en saberlo tantas veces es el camarero. ¿Alguien se anima a homenajear a estos profesionales? De momento, no. Porque no tiene más, se supone que cumplen con su deber y punto.

Empleadas de hogar
Hace dos semanas, fui al consulado a solicitar mi voto por correo. En la antesala a las ventanillas donde despachan nuestras peticiones, una televisión nos anunciaba que Martín Berasategui hacía un homenaje a las amas de casa en su último libro de recetas. “Es la hora del reconocimiento”, pensé. Resulta que quizá empiecen a estar de moda todas aquellas mujeres que un día optaron por la noble dedicación profesional de atender su hogar. Están dotadas de esa sabiduría popular no adquirida en los libros, si no en el día a día. Los mejores análisis políticos se fraguan en el supermercado, entre compra y compra. Es allí donde se ve cómo está el patio.

Sin embargo, pensé también que todo homenaje sobra. Porque tampoco a los médicos, abogados, dentistas o profesores se les anda homenajeando. Cada cuál cumple con su deber. Todos tienen una profesión a través de la cuál servir al resto. Y aquel caballero que nos arregla los zapatos, se dedica a ello tan de lleno como ese otro que nos realiza una operación médica.

Pero seguí pensando y -no me lo explico- se abría camino con fuerza la idea de que en el caso de las empleadas de hogar hay algo más. Son todas las profesiones en una sola. ¿Por qué? Porque se dedican a ocuparse de cada persona.

No se las ve. Están en casa. Apenas salen a la calle. Pero el trabajo que realizan es tan atractivo como inexplicable su fuerza de atracción. Como siempre, la actitud marca la pauta. Todavía más si pensamos en las amas de casa, que son un perfil distinto aunque el oficio sea el mismo. Para realizar bien su trabajo en la mayoría de los casos no media un sueldo. El único incentivo para ellas es tener cuanto más contentos al resto mejor. Pero volvamos a las empleadas de hogar, para las que hay contrato por medio y seguridad social.

Y es que ¿Quién no ha tenido alguna vez el momentáneo pensamiento de promover a su empleada de hogar como presidenta del Gobierno? No a pocas personas les ha pasado que al descargar sus cotidianos problemillas en plena cocina se ha topado con una o dos ideas geniales provinientes de la discretísima empleada de hogar. Las buenas e inteligentes de ordinario son silenciosas, de pocas palabras. Simpáticas. Saben estar en su sitio. Se puede contar con ellas. Son esa clase de figuras intermedias que tanta falta hacen en la sociedad.

Además de cumplir con su oficio, se les delegan otras funciones auxiliares. La más importante: la de escuchar. Me contaban hoy mismo de una señora de Chile que va a la peluquería con papel y boli para apuntar ideas, soluciones de problemas e incluso recetas de cocina, surgidas a raíz de las conversaciones que entablaba con su peluquera… Corta el pelo y sabe escuchar como muy pocas personas.

Y es que ese tipo de profesiones intermedias son las que le dan la dosis de humanidad que le falta al engranaje social que a diario mueve el mundo laboral. Porque hay por ahí mucha cara de perro agobiado y tampoco es para tanto. Se puede llegar -y muy bien- a lo que a diario llamamos “cumplimiento del deber”, en buena parte gracias a gente como la que está ahí acogiendo a quien pase cerca y requiera de su atención.

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