Posted by L.Gant | Ella desconoce todo lo que aporta desde su trabajo. No le importa saberlo o no. Nunca se le pasó por la cabeza medir su alcance. Pero ahí está. Feliz. Puntual. Seria en su tarea y sonriente en el gesto. Y es la fuente de inspiración de tantos y tantos que llegan muy lejos con sus ideas. Ellos sí que se contemplan. Miran y remiran su éxito, su eficacia y su resultado. Ella no se compara. Trabaja y punto. Y no es que le satisfaga cualquier manera de sacar adelante su tarea. No. Siempre lo mismo. Cada día se exige más. Ella no pide nada, pero busca –no sin esfuerzo- producir en los demás satisfacción y ganas de trabajar más y mejor. Sin quererlo, consigue provocar una sana envidia en los que se dedican a otra profesión. Tiene el poder de humanizar el ambiente, tantas veces frío y competitivo, que se respira entre los colegas. Da los buenos días, las buenas tardes, sonríe y es discreta. Se mete de lleno en su tarea, la considera importante de verdad. Inaplazable, interesante y de primera necesidad. Y eso que es algo básico a lo que se dedica: limpiar. Ella limpia la redacción del periódico.

Gracias a ellas se cortaba el aire de importancia que se dan los plumillas para dar paso a quienes saben que de no estar ellas, no habría ni titulares, ni portadas, ni columnas, ni primeras planas. No existirían los periódicos.

La redacción de un periódico. Ese ubi en el que la vanidad de la firma y el quehacer escondido se dan la mano. Ahí, en la redacción de un periódico, plataforma de notoriedades y trampolín de los que más se hacen oír en la sociedad (o eso intentan), es absolutamente esencial una profesión como la de limpiar. Me di cuenta desde los primeros días. Sin misticismos: el papel desengrasante, el factor oxigenante y desestresante de la redacción, eran las personas que se dedicaban a servir así. Limpiar la redacción. Cables, mesas, pantallas, vaciado de papeleras, aspirar moquetas, sillas, limpiar teléfonos… Gracias a ellas se cortaba el aire de importancia que se dan los plumillas para dar paso a quienes saben que de no estar ellas, no habría ni titulares, ni portadas, ni columnas, ni primeras planas. No existirían los periódicos.

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