Posted by L. Gant| Le tuve que dar la razón. Después de meses convencida de que no es la falta de tiempo sino la falta de interés lo que abate cualquier intento de familiaridad, un sencillísimo razonamiento desplegado con ironía me hizo renunciar a mi precaria tesis.

Animaba yo a una buena amiga a que se sentara seis minutos a ponerle un correo electrónico (mail) a su hermana ya que era su cumpleaños y vive en otro continente. El día empezaba a terminarse y ese tipo de detalles conviene tenerlos. No es que ella se resistiera a felicitarle, nada más lejos. Simplemente otras tareas se le ponían por delante. Y ahí los teníamos, frente a frente: tiempo (6minutos) e interés (felicitar a su hermana). En mi torpeza, seguí avanzando. “Tengo la teoría de que todo el mundo encuentra tiempo para lo que le interesa…” Llegadas a este punto de la conversación, mi error cobró magnitudes desconocidas. Fue su serena y aplastante lógica lo que las agrandó: “Claro, yo estaba y estoy más interesada en prepararle este postre a los chicos que en felicitar a mi hermana” respondió con ironía.

Sabía y sé que mi amiga no había parado en toda la tarde. Realmente, no le había quedado otra opción que ‘arrinconar’ la felicitación. Y ahí es donde me vi yo ‘recogiendo velas’, esas que había desplegado con mi estúpida teoría. Así es como me vi obligada –y animada- a corregirme. No era cuestión de interés. El tiempo importa. No es la falta de interés lo que nos empuja a realizar unas tareas y posponer otras. Es el tiempo quien manda. Su abundancia o escasez marcan la pauta también en esto.

Pensaba yo que acrecentando el interés por las tareas de la casa, la inversión de tiempo vendría detrás. Pero no es la baza. Con mi amiga entendí que hay una jerarquía y que hay que ser muy honrados para priorizar bien los deberes. Y que es entonces cuando se nos multiplica el tiempo, que es el premio a la responsabilidad.

Al final, una escena. Los chicos disfrutaban del postre. De pasada, muy en segundo plano, pude ver a mi amiga que con sereno orgullo –ese que despierta el deber cumplido- se sentaba frente al ordenador y, feliz, escribía a su hermana. Felicidades a las dos.

 

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