Posted by Moro Lena | “Sacarse las muelas o el carnet de conducir –al mismo nivel…- son las dos típicas citas ‘vitales’ de las que todo el mundo tiene algo que contar, opinar, relatar o describir”. Esto me lo dijo una amiga cuando le conté que se acercaba sin remedio el día en el que me extraerían la muela del juicio. Diente número 38, para más detalle. “Es verdad”, pensé. De ambas situaciones tengo yo mucho que contar. Son los típicos ‘lugares comunes’ que tantas veces solucionan la falta de tema en una conversación. De esta última, lo más inmediato es que, después de la ‘leve’ intervención, mi cara comenzó a hincharse tanto que parecía la octava colina de Roma… ¿Creían que eran siete? Pues a partir de aquél día, 18 de julio, el número incrementó gracias a la humilde aportación de mi carrillo derecho.

¿Fue un problema del dentista? ¿Lo hizo mal? ¿Es difícil sacar una muela? ¿Era su primera vez? ¿Estaba la muela mal colocada?… Todas estas preguntas me las hizo a posteriori la gente que me vio. Mis respuestas fueron de lo más variadas, pero todas apuntaban a una única conclusión: sí, es difícil sacar una muela. Sobre todo, si está mal colocada. Sin embargo, hubo una amiga que me hizo pensar más allá. En su opinión, cualquier trabajo tiene algún tipo de dificultad cuando se está en los comienzos. Pero más adelante, cuando se empieza a ser expertillo en la materia, la dificultad desaparece para dejar paso al reto, a la meta personal por hacer ese trabajo mejor que nadie. Ya se trate de realizar operaciones quirúrjicas, hacer pasteles, extraer petróleo o construir catedrales.

Si mi muela se trataba de la número 857 en la trayectoria profesional de mi dentista, probablemente, para él era ‘pan comido’ extraérmela. La repetición de actos allana el camino siempre. Hasta ahí la teoría de mi amiga.

Más allá de la dificultad o facilidad que conlleve realizar una tarea, y sin pretender descartar que hay algunos trabajos muy difíciles, aún se ve un indeseable acuerdo espontáneo que dicta que el valor de un trabajo es tanto mayor cuanto más ardua y conflictiva sea su realización. El valor podría medirse por la necesidad, el esfuerzo o la dedicación. Hablar de valores siempre tiene efecto boomerang… las teorías y suposiciones en torno a los mismos van y vienen. Lo que ayer considerábamos en alza, al rato lo juzgamos destructivo.

Al trasladar esta teoría al trabajo del hogar… ¿qué me encontré? Pues lo del principio: que se trata de tareas más fáciles que difíciles. Hay cierta dificultad en quitar alguna que otra mancha, por  poner un ejemplo, pero en general barrer un suelo, hacer una cama o tener lista la comida no son tareas complicadas. Si nos hacemos el favor de organizarnos bien,  creo que nunca podré afirmar que haya dificultad en el desempeño de las mismas. Sinceramente, tras un par de años trabajando a tiempo completo en estas faenas me doy cuenta una y otra vez que se trata de trabajos en la mayoría de los casos muy sencillos. ¿Hemos de despreciarlas por ser tan fáciles? ¿Se han de pagar menos? Son simplemente, necesarias. No es que haya dificultad cien por cien. Hay reto, el que cada cuál se proponga.

Si tu trabajo te gusta, nunca te parece básico. Siempre ves algún punto de conquista, que es lo que vuelve atractiva cualquier actividad. Es la búsqueda de lo perfecto lo que nos mantiene en vilo.
Ahí entra en mi opinión el sentido del valor. A veces tengo sensación de que algunos rodean de dificultad el trabajo que conlleva sacar adelante un hogar, simplemente como camino hacia el consuelo. Intentan empaquetar estas tareas con el discurso de la aridez, como desesperados por que alguien les otorgue el mérito de estar dedicándose a ellas. ¿Por qué les hace falta hacer eso? Son tareas fáciles, no obvias. Son necesarias. Son importantes. Siempre existirán. Tienen efecto. Son ineludibles, pero hay que querer desempeñarlas y no de cualquier manera. Con detectar su necesidad, no basta. Ahí está el mérito.

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